Por: Redacción Actualidad Jachallera
La Villa de San José de Jáchal ―hoy ciudad―, cabecera del departamento del mismo nombre, está ubicada en el Norte de la provincia de San Juan, en los dominios de los antiguos capayanes.
Su fundación, el 25 de junio de 1751, tiene connotaciones especiales. El maestre de campo don Juan de Echegaray, afincado en la ciudad de San Juan, fue comisionado para que fundara la Villa de San José, en la reducción de indios que funcionaba con ese nombre.
Pero esta comisión procedía de la Junta de Poblaciones con sede en Santiago de Chile, y de ella debía depender directamente Jáchal, y no de San Juan, según figura en las disposiciones reglamentarias de la época.
De tal modo que, en sus orígenes, y por muchos años, Jáchal tuvo el mismo rango que la Ciudad de San Juan.
Tal vez de allí procede aquel «noble señorío de estirpe patriarcal» que canta su poeta máximo.
La doctrina de Parroquia Rural de San José de Jáchall (primitiva grafía de donde proviene el gentilicio jachallero), funcionaba desde muy antiguo, alrededor del sitio en que, según la tradición, «San José quiso quedarse», puesto que las mulas que lo portaban sólo seguían el paso cuando la imagen del santo era descargada en tierra.
El valle, recostado en la precordillera, tiene una forma ligeramente triangular, con un terreno ondulado por estribaciones y serranías. Su clima es riguroso y su producción depende del río que lleva su nombre.
Pretendíamos hacer una presentación más o menos objetiva del lugar; pero cuando de Jáchal se trata, es muy difícil registrar tan sólo cifras, nombres o sucesos. Hay un pasado de progreso compartido o heredado en el recuerdo y un presente de desasosiego y fatalismo.
Cómo explicar, por ejemplo, su ubicación como El Puerto, donde se engordaba el ganado que luego sus propios arrieros ―los señores de entonces― llevaban por largas travesías hasta Chile, Bolivia y aún Perú.
Cómo aquilatar el valor de sus mujeres que enfrentaban la responsabilidad, la soledad y el miedo por largos meses mientras acunaban esperanzas, con los hijos, la hacienda y la casa, en tanto los hombres desafiaban cordilleras, para volver con las petacas llenas y la piel curtida.
No se puede hablar del Jáchal que conocimos de niños sin cantar a la trilla, las parvas y gavillas, de lo que fue un granero colmado.
Las pequeñas y las grandes parcelas sembradas con maíz y con trigo eran el escenario de la reunión de amigos para la ceremonia de la cosecha y la selección del grano. Allí, el pan de alza, la carbonada, el asado y la torta de trilla eran parte de un rito compartido en la minga, pues no hacía falta contrato de obreros, sino invitación de vecinos.
«Hay alza el domingo en lo de don Duilio» … y la voz corría por Villa Mercedes, Pampa Vieja, la Gran China, Pampa del Chañar, y a veces llegaba hasta Huaco, Huerta de Huachi o Pachimoco. Y el trabajo era una fiesta.
Los niños «dagueltaban» en torno a sus mayores y acechaban el momento supremo de tumbarse sobre la parva diminuta.
Al caer la tarde, el fogón congregaba las guitarras, los pañuelos revoloteaban en la danza, y los cuentos y sucedidos estremecían los recuerdos, desde sus voces lentas, cansinas, con marcado acento.
Jáchal no sólo fue el granero, fue también el molino. El viejo molino de piedra que cantó Buenaventura Luna fue uno de los once que molían el grano del pueblo y también los de La Rioja, Catamarca y aún de más al norte.
Por huellas angustiantes llegaban los traperos con el fruto de sus cosechas, y como eran pocos los molinos y mucho el grano, hacían largas esperas hasta que correspondiera su turno para volver con la harina al lugar de origen.
Pero nos estamos alejando del Jáchal que describíamos, y su suelo salitroso en el que los tomates, cebollas, la huerta entera, adquieren tonalidades y sabores especiales.
Los pequeños terratenientes manejaban una economía de supervivencia que les permitía alimentar a la generalmente numerosa familia, aumentada por los recogidos y allegados que siempre la duplicaban.
Un párrafo aparte merece el corazón de sus sierras, donde la plata y el oro comparten un dominio de abundancia. Las artesanías en oro y plata fueron verdaderas creaciones, así como los tejidos al telar con lana de guanaco, de vicuña o de oveja.
Las obras, como todavía se llaman, repiten motivos ancestrales en sus dibujos y son tan delicadas que hay ponchos de vicuña que semejan la seda.
Los hogares eran verdaderos emporios productivos: al laboreo de los metales, los tejidos y los trabajos en cuero, se agregaban las conservas de frutas y verduras. Aquí debe señalarse un adelanto a los tiempos de los vegetales deshidratados para conservar.
La sociedad jachallera asumió modos distintivos. Colonizada por hidalgos, cultivó el señorío tradicional hasta en el vocabulario castizo. Un raro ingrediente circula por las venas de cada jachallero. En todos los rincones argentinos y extraños, a donde la vida llevara a un nativo de estos pagos, allí se destaca con luz propia.
La historia del país registra innumerables personajes de ese origen, y en el ámbito de la política, de la educación, del periodismo, de la cultura, en fin, siempre hay un jachallero que se destaca. ¡Extraño designio de una geografía sedienta, de un pueblo terminal y lejano!
Son célebres las tertulias jachalleras, los encuentros de intelectuales y pensadores, la preocupación por lo trascendente. Numerosos periódicos ha producido el departamento con suerte diversa, pero siempre progresistas, ingeniosos y atinados.
Todo el esplendor del primer cuarto de este siglo se fue apagando. Poco a poco los jóvenes de los viejos troncos buscaron nuevos horizontes; la tierra se fue haciendo más dura y la producción más difícil. El verde fue cediendo terreno, y el granero y el puerto quedaron en la nostalgia.
Hoy se retempla el espíritu de los viejos pioneros para levantar de nuevo el Jáchal que fue de los abuelos. Tal vez ahora no la ganadería, que discurre por otros canales, pero sí la minería, que ya explotaban los indios y fue objeto de tratamiento especial por las ordenanzas españolas, le abra otra vez el camino del progreso; tal vez el camino a Chile, antiguo destinatario de su producción, tal vez la Zona Franca, vuelvan a ponerlo en la situación ventajosa que su pueblo merece y necesita.
Nada hemos dicho aún de Jáchal en el nivel que el sentimiento quisiera; tal vez debimos hablar de su regionalismo, del cristianismo sincero ―a veces primitivo― que rige sus costumbres; de sus poetas nutridos de la tierra y nostálgicos del cielo; de sus aromas a pájaro bobo, jarilla y tomillo; de los arroyos cristalinos y el calor que agobia; de los viejos tapiales, del cementerio de indios, de los cerros cortados a cincel y las quebradas fragantes; nada de eso dijimos de la tierra en que descansan el padre y los hermanos que se fueron..