Por: Redacción Actualidad Jachallera
Según especialistas consultados, indicadores como la lipoproteína(a), la apolipoproteína B, la resistencia a la insulina y los marcadores inflamatorios permiten identificar a personas con susceptibilidad elevada, incluso cuando el perfil lipídico tradicional parece normal. Estos parámetros ofrecen una visión más completa y permiten ajustar las estrategias de prevención.
La lipoproteína(a), también conocida como Lp(a), es una partícula similar al colesterol LDL, pero incluye apolipoproteína(a), una proteína que le otorga propiedades únicas. Según comenzó a explicar a Infobae el médico cardiólogo y jefe de la Unidad Coronaria del ICBA Instituto Cardiovascular Juan Pablo Costabel (MN 119.403), la Lp(a) está determinada “en gran medida por la genética y se mantiene relativamente estable a lo largo de la vida". Esta característica la diferencia del LDL, cuyos niveles pueden variar con la dieta y el estilo de vida.
Costabel detalló que la Lp(a) “no solo contribuye al depósito de colesterol en las arterias, sino que además tiene efectos proinflamatorios y protrombóticos”, lo que la convierte en un factor de riesgo independiente. “Así, personas con niveles elevados pueden tener mayor riesgo cardiovascular incluso con colesterol LDL ‘normal’”, agregó el especialista, quien aclaró que la Lp(a) no reemplaza al LDL como marcador, pero sí lo complementa y permite identificar riesgo que antes pasaba desapercibido.
Por su parte, el médico genetista Jorge Dotto (MN 107.411) puso énfasis en no desatender el origen hereditario: “La Lp(a) es genética: se nace con el riesgo”. Y tras destacar que “una persona puede tener LDL normal y riesgo cardiovascular alto”, recomendó medir la Lp(a) al menos una vez en la vida: “Se estima que está elevada en el 20-25% de la población y el 99% no lo sabe”.
En este punto, la médica pediatra especialista en medicina funcional en niños y adultos Mariel Dobenau (MN 127.450) agregó que la Lp(a) “no es una partícula ‘dañina’ por sí misma”, sino que su papel depende del contexto biológico: “El LDL muestra una parte del riesgo, pero la Lp(a) puede revelar cómo responde el organismo frente al daño vascular, y esa respuesta depende del terreno biológico en el que esa partícula actúa”.
La enfermedad cardiovascular es, en esencia, un proceso inflamatorio crónico. Para Costabel, “el colesterol LDL puede infiltrarse en la pared arterial, pero es la respuesta inflamatoria del organismo la que favorece la formación, progresión y eventual ruptura de las placas”. Dotto lo sintetizó así: “Sin inflamación, no hay infarto”.
En la misma línea, Dobenau sostuvo: “La inflamación es un eje central en el desarrollo de la enfermedad cardiovascular. No se trata solo de acumulación de colesterol, sino de un proceso donde intervienen el sistema inmune, el endotelio y el contexto metabólico del paciente”. Y añadió que el entorno biológico —marcado por “estrés sostenido, hiperinsulinemia o mal descanso”— puede volver patológicas a partículas que en condiciones normales cumplen funciones fisiológicas.
El estilo de vida, la resistencia a la insulina, el estrés y la mala calidad del sueño contribuyen a un terreno biológico propenso a la inflamación, lo que favorece el desarrollo de eventos agudos como el infarto de miocardio o el accidente cerebrovascular.