martes 24 de noviembre de 2020 - Edición Nº1527
Actualidad Jachallera » Nacionales » 14 nov 2020

EJEMPLO DE VIDA

Adoptó a una beba abandonada aunque sabía que iba a morir pronto: “Fueron los mejores años de mi vida”

En 2014, Nuria Pérez conoció a Zoe, una beba con un pronóstico de un año de vida. “Si va a vivir tan poco mejor que sea con una familia y no en un hospital”, pensó y empezó los trámites para convertirse legalmente en su mamá. Zoe vivió más años de lo que imaginaron y su historia atravesó a Nuria para siempre.


Ese día arrancó como cualquier otro. Nuria dejó a su hijo en el colegio, se subió a su auto en el pueblo y manejó 70 kilómetros hasta su trabajo. Llegó al hospital, se puso el ambo rosa, entró a la sala de neonatología y saludó a las otras enfermeras. Estaba por arrancar un turno de 12 horas así que repasó las cunitas, miró uno por uno a los bebés y preguntó las novedades. Fue en ese momento, un día de mayo de 2014, que la vio por primera vez.

Creyó que era otro bebé —un varón al que ya conocía— pero cuando se acercó vio que la etiqueta decía “Zoe”. Una compañera le explicó el resto: la beba tenía dos meses y una línea resaltada en su carpeta breve: “Causa social: abandono”. Su diagnóstico era “hidranencefalia”, es decir, en vez de hemisferios cerebrales tenía dos bolsitas con líquido. “Su expectativa de vida era muy pequeña: un año más o menos”.

Quien cuenta la historia a Infobae es la propia Nuria Pérez, y lo hace desde su casa de siempre, en un pueblo llamado Santa Lucía, a unos 600 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Es una zona rural, austera pero especial para ella: ahí mismo Nuria trabajó en la cosecha de arándanos para colaborar con la economía familiar antes de poder estudiar para ser enfermera profesional.

Pasaron los meses y Zoe siguió creciendo en esa cuna estrecha de hospital. “Al no tener sus hemisferios formados no podía ver, tampoco escuchar, obviamente no iba a poder caminar. Pero sí tenía formado el tronco cerebral, lo que hacía que el funcionamiento de sus pulmoncitos y de su corazón estuvieran activos”.

Nuria tenía 28 años en aquel entonces, era madre de un hijo de 9 y estaba separada. “Los niños en esa situación siempre son particulares para nosotros, el contacto es bastante mayor que el que tenemos con un bebé que tiene a su mamá y su papá para que lo asistan. Zoe no era mi paciente, pocas veces la asistí, pero igual siempre pasaba a verla y me quedaba un ratito con ella”, cuenta.

El hospital Eva Perón, donde todavía trabaja, está en una zona en donde la pobreza muestra los dientes y no era la primera vez que Nuria se encontraba con un bebé sin familia. Sin embargo, algo inexplicable le pasó con Zoe y el recuerdo la hacer sonreír: “Un mes después de conocerla, mes y medio, le dije a mis compañeras: ‘Yo voy a ser la madre’”.

Su ecuación tenía una lógica: el Casa Cuna de Tucumán recibía a chicos sanos en situación de abandono, pero rara vez había lugar y profesionales en condiciones de ocuparse de un bebé solo y con discapacidad.

“No es que yo tuviera necesidad de ser mamá, lo pensé más que nada como una necesidad de ella. Pensé: ‘Si va a vivir una vida tan cortita sería bueno que tuviera una mamá, un hermano, abuelos, tíos, primos, una casa, una cama, su ropita, sus juguetes’”, enumera Nuria. “Creo que hay muchas maneras de ser madre, y la adopción era una manera distinta a la que yo conocía”.

Según datos de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRU) uno de los grandes problemas de la adopción es que la mayoría de los postulantes quieren bebés (8 de cada 10), por lo que, si el niño es más grande se reducen sus chances de encontrar una familia. También caen las posibilidades si tienen hermanos (4 de cada 10 candidatos no los aceptan). O si el niño tienen una discapacidad o una enfermedad, como Zoe. En ese caso, el 85% de los postulantes dice “no”.

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