jueves 17 de enero de 2019 - Edición Nº850
Actualidad Jachallera » Nacionales » 24 dic 2018

River tuvo su festejo inolvidable del título que más disfruta

Jugadores, cuerpo técnico y dirigentes se reencontraron con los hinchas tras el viaje desde Abu Dhabi para la fiesta de la victoria ante Boca.


Por un momento, nada pasó. Nada de la locura y de la barbarie vivida aquella fatídica tarde del 24 de noviembre existió. No. No hubo piedrazos ni botellazos al micro de Boca. No hubo suspensión del partido. El escándalo no fue mundial. La final no se extraditó a España. Por un rato, al menos por un instante que mucho tuvo de mágico, River, su gente, sus jugadores, su cuerpo técnico, sus dirigentes, hicieron de cuenta que el partido más importante de la historia del fútbol sudamericano se jugó en el Monumental, tal como debió haber pasado. 

Y que en el medio no hubo viaje a Emiratos Árabes, ni derrota por penales ante el humilde Al Ain en ese primer cruce del Mundial de Clubes que otra vez quedó en manos del Real Madrid. Se permitieron imaginar que terminaron de ganarle a Boca la Superfinal de la Copa Libertadores y que de repente allí estaban, rodeados de los suyos, en su casa, embanderados de gloria eterna, eufóricos de placer futbolero, enceguecidos de lágrimas de emoción interminables. Felices de ser campeones.

El festejo que se debían, se pagó con intereses. Fue como debió haber sido el día de la revancha. Sin violencia, sin enfrentamientos con la Policía, sin delincuentes que robaban entradas a los propios hinchas en las inmediaciones de la cancha, sin operativos fraudulentos, sin gente lastimada, sin miedo; con alegría, con familias, con organización, con folclore del sano y del necesario, en paz. Avenida Del Libertador y Lidoro Quinteros, la esquina donde todo se fue al mismísimo demonio fue otra vez punto de encuentro en la previa de la celebración. Sin micro rival a la vista, todo fue jolgorio.

Las dedicatorias a Boca fueron los hits de la tarde de sol en Núñez. Volaron las remeras con la leyenda “En tu cara otra vez” y las caretas del Pity Martínez y de Marcelo Gallardo invadieron Libertador. Udaondo esta vez fue un mar en calma. Sin reprensión y sin socios enfurecidos. Una réplica de la Copa sobre una mesita plegable en la vereda era un imán para los más chicos que les hacían pelar 50 pesos de la billetera a los padres para poder posar con el trofeo para la foto.

Y mientras las tribunas del Monumental se iban llenando con la gran mayoría de esos 66 mil fanáticos que esperaron más de siete horas aquel sábado negro y que ahora se iban sacando las ganas gritando cada gol de River en su camino hacia la gloria que se pasaban en las pantallas ubicadas en cada córner del campo de juego, el plantel -que fue el que pidió que se realizara esta fiesta- emprendía la caravana multitudinaria desde Ezeiza hasta el estadio. Miles de hinchas por la Ricchieri esperaron para ver pasar y saludar al micro con los campeones, que desde arriba cantaban y deliraban con la Copa en primera fila.

La espera terminó. Después de días agotadores, los campeones de America volvieron a pisar el Monumental. A las 19.50, el micro llegó. Y la cancha expulsó toda su euforia contenida. Un “Dale campeón, dale campeón” ensordecedor y mil ovaciones recibieron a los futbolistas y al Muñeco en el campo. Uno a uno caminaron por la alfombra roja como estrellas de Hollywood, con sobredosis de cariño.

Subidos en un escenario armado en el césped, levantaron al fin la Libertadores 2018 ante su público. Y la fiesta fue completa. Del minuto de silencio para Boca, a la locura del Pity que repitió esa corrida del final en el Bernabéu para el 3-1 que quedará para la posteridad Millonaria. Y los hinchas, extasiados, gritaron por enésima vez ese gol eterno.

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